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RETORNO A LO CONOCIDO – Jairo Bocanegra

RETORNO A LO CONOCIDO – Jairo Bocanegra

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Más de dos años sin pescar estas aguas es mucho tiempo. Durante las casi dos horas de camino que separa la puerta de mi casa hasta el puesto elegido para esta jornada, no paro de pensar como voy a encontrarme ese tramo de orilla que de un tiempo para acá, casi a diario, soporta tanta presión de pesca por estas fechas. Tanto es así, que aun siendo una gran masa de agua con tan inmensa población de carpas, se empiezan a catalogar peces que han sido capturados por varios pescadores en diferentes temporadas.

Un jueves, donde la hora de llegada prevista era en torno a las cuatro y media de la tarde, tenía mis dudas al pensar que no podríamos localizar los peces por falta de tiempo, tal como solíamos hacer en otras ocasiones, cuando quedábamos Uge y yo a pie de agua al amanecer. Pero en esta ocasión nos acompañaba Jorge, que después de trabajar toda la noche anterior, no tubo más remedio que descansar unas horas antes de lanzarse a la carretera y eso nos obligó a cambiar los hábitos respecto a quedadas anteriores.

El pesquil al que nos dirigíamos estaba ocupado por otros compañeros de afición, así que los planes no empezaron cómo debían, pero la zona en sí estaba espectacular, los peces se movían por todo el algar que se encontraba desde aguas someras hasta más o menos los tres metros de profundidad, por lo que decidimos no desplazarnos mucho y conseguimos colocar las cañas en algunos huecos que asomaban entre la abundante vegetación, que poblaba gran parte de la orilla. Bueno, a decir verdad sólo Uge y Jorge se posicionaron entre la maleza donde más movimientos de carpas se veían, pero a mí, me dio esa intuición que a veces noto, la cual me obligó a actuar de forma diferente a lo que estábamos planificando (no se si os pasa) y me desplacé de ellos unos 150 metros, separados por una inserción de agua, justo a un puesto que sólo me permitía pescar delante de la impenetrable barrera de plantas subacuáticas, pero que en su diagonal y resto de orilla se encontraba despejado, donde nada me entorpecía para trabajar un pez sin la necesidad de meterme en el agua, de no ser que la captura se adentrara en el algar y no tuviera mas remedio para lograr hacerme con ella. Así que decidí marcar un punto con una boya señalizadora y tras hacer un cebado copioso, adentrándome con el vadeador pude colocar mis cañas con la precisión que requería.

No tenía muchas dudas frente al cebo que iba a utilizar, ya que me había ido bien en ocasiones anteriores, por lo que me dispuse a remojar los boilies de Equinox con un aditivo de pescado  (Response+ Fish de CC Moore) y así potenciar su atracción, tal como acostumbro a hacer últimamente con casi todas las bolas que suelo utilizar.

La cantidad de carpas (en su mayoría machos) que se dejaban ver con tamaños comprendidos entre 8 y 12 kilos, me terminó de dejar las ideas claras y opté por montar doble boilie de 20 milímetros compensados, para intentar seleccionar el tamaño de las capturas en la medida de lo posible. Todo ello en su color natural para no causar desconfianza.

Con la caída de la noche los compañeros empezaron a obtener picadas de forma continuada, hasta tal punto que me llamaron para poder echarles una mano, justo en el momento que se encontraban peleando una carpa cada uno, entre malezas, metidos en el agua y con serias dificultades para hacerse con los peces. Sin contar que tenían algunos ejemplares en los sacos y cañas pendientes de poderlas colocar en acción de pesca, todo debido a la continuidad de las capturas. Estos acontecimientos me dejaron un poco trastocado, Uge me repetía una y otra vez que cuando amaneciera buscaríamos hueco para colocar mis cañas en el lugar donde ellos se encontraban, aunque para tal cometido tuviéramos que pescar con dos cañas cada uno, pero aún con dudas, yo seguía fiel a lo que me pareció de un principio que era lo mejor, a ese palpito que me hizo pensar en probar otro puesto, a  esa distancia, con poca profundidad y donde la afluencia de peces no era tan desmesurada.

Con la cama al raso, al calor de mi saco pero con la cabeza fuera, mirando ese cielo estrellado que no cambio por ningún hotel, sólo pensaba si estaba haciendo lo correcto. De vez en cuando escuchaba algún salto que me esperanzaba, pero la tan ansiada picada se hacía esperar; de pronto, en un instante que me pareció entre realidad y un sueño, escucho el pitido de mi alarma donde un pez pretende escapar con una tímida carrera, el cual consigo clavar, sin brusquedades, levantando con cuidado la caña y tanteando la frenada con mi mano en la bobina, consciente de que mi línea trenzada está ahí, como esa preciada captura en el extremo de mi hilo, la cual la quiero intacta, sin heridas de lucha, por lo que el control sobre la misma es firme pero delicado.

Con el pez ya en mi sacadera una satisfacción enorme recorre mi cuerpo, es un buen ejemplar, pero sobre todo es un triunfo de esos que te hacen mejor pescador; por confiar en mi instinto, porque la pesca te recompensa con cosas así, como si fueran palmaditas en la espalda que te hacen sentir orgulloso y a la vez privilegiado de poder disfrutar de estos momentos, de cosas así. A las cuatro de la madrugada vuelvo a mis aposentos, tras lanzar unas cincuentas bolas de Equinox a la zona cebada y mi caña ya posicionada me duermo placenteramente, con la tranquilidad de tener los deberes hecho, deseando que amanezca para fotografiar esa gran carpa que me espera en el saco de retención.

De día pero sin el sol fuera Uge me visita para insistir en que me mude con ellos y me comenta que tal se les ha dado la noche, a la vez que se sorprende cuando ve la cuerda atada a una pica y que lleva a mi trofeo, mientras le digo entre risas delatadoras que hay está el tapón, que la más grande de la primera noche seguro la he pinchado yo… todo ello con el humor que compartimos en nuestras salidas de pesca.

Ya, a media mañana, se iban los muchachos que ocupaban el puesto que de un principio teníamos en el punto de mira. Por lo que a pesar de los buenos resultados obtenidos en mis primeras casi 24 horas, decido desplazar mis cañas hasta allí con la intención de poder estar junto a mis dos compañeros y así poder echar un día de tertulias con ellos. Ahora tenía que volver a replantear mi estrategia, porque aunque el tema de los cebos lo tenía claro, el aire había cambiado y las condiciones del puesto que iba a ocupar no eran las mismas. Esta vez las algas empezaban cerca de la orilla y a  unos pocos metros de esta se encontraba un claro bastante amplio como para posicionar mis cañas, aunque tendría que salvar cada una de mis líneas con una pica alta clavada justo donde terminaba la barrera de plantas subacuáticas y evitar así enredos con las mismas.

Con todo ya montado, no había pasado ni una hora, mientras ordenaba bolsos, cebos y materiales, de repente, uno de mis carretes empieza a sacar hilo con la misma insistencia que la alarma no para de pitar. Desocupo mis manos y me apresuro a sujetar firmemente mi vara de 10 pies, tras unos minutos de luchar con el pez, me agacho y recojo la sacadera, a mi lado, a la vez que me adentro en el agua hasta las rodillas para facilitar el cobro de la captura y sin pensarlo, compruebo que todo va a pedir de boca, la carpa que ya ha salido del entramado de algas se dirige lenta pero directamente camino de la red.

Mi segunda y temprana captura en ese lugar me llevó a pensar que iba a ser una noche ajetreada, pero se quedó en un descanso largo y tendido. El tiempo había cambiado, lo que propició que la actividad de los peces menguara de forma considerable. Las supuestas previsiones de aguas nos obligó a recoger una noche antes de lo acordado, el camino de vuelta se tornaría complicado en el caso de que comenzara a llover y no podíamos arriesgarnos a una salida bochornosa, causa por la cual, quizás, me llevé un sabor agridulce de la sesión, aunque contento por lo conseguido y con la certeza de que volveré.

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